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Reseña por Ignacio Ávalos Gutiérrez, Prof. Sociología de la Universidad Central de Venezuela, 2 de julio 2020
Es un excelente artículo, de esta manera podría resumir la impresión que me dejo su lectura Aborda un tema inevitable, esencial en estos tiempos marcados por las denominadas tecnologías disruptivas, fundamento de la Cuarta Revolución Industrial que, por lo general, han sido examinadas colocando el acento en sus implicaciones económicas. Sin que se soslayen estos últimos, el lector se encuentra en este caso ante un artículo que mira el tema de Internet desde la perspectiva de la sociedad civil, seguramente su lado más descuidado desde el punto de vista académico e, incluso, yo diría que político.
En función de ello hace, en primer lugar, un recorrido histórico de Internet a partir de su nacimiento, en los años ochenta, cuando este prodigio tecnológico asomaba su rostro utópico a través de sus incuestionables beneficios como herramienta de la comunicación y la libertad de expresión e, incluso, para el fortalecimiento del sistema democrático.
Adicionalmente, el articulo aborda su lado distópico, esto es, la manera como posteriormente la Internet se ha ido convirtiendo en un espacio dominado por el irrespeto, la difusión de noticias falsas y caldo de cultivo para aspectos como el odio y el racismo. En resumen, habla de un escenario prácticamente sin reglas que ha contribuido de manera muy relevante a desmejorar la convivencia social al debilitar las posibilidades del diálogo, sustituyéndolo por lo que los autores llaman la “egomación”, una suerte de predominio del yo junto a la información vinculada a lo relevante a ese yo. Cada persona, señala, tiende a estar más interesada en diseñar su egomación que en conocer a los demás. Lo importante es, entonces, fabricar mi egomación en las redes sociales y, así, existir en el mundo virtual. Así las cosas, la mayoría de los usuarios de las redes sociales se dedican a autopromocionarse y la sociedad global del conocimiento evoluciona hacia la sociedad de la egomación y abre paso a la sociedad de la desinformación, alojamiento de las así llamadas “verdades alternativas”, las “fake news”.
Google, como lo rastrean los autores, evolucionó hasta convertirse en un modelo poderoso y aparentemente irreversible en el campo del negocio virtual a través de la creación de las condiciones mediante las que los usuarios pudieran convertirse en productos y hacer rentable el negocio. En la detallada explicación de esta mutación de internet el lector entiende perfectamente por que se considera que los “datos son el petróleo de hoy en día” y el por que uno de los problemas álgidos es establecer las normas que regulen su propiedad, entendidos al comienzo como gratuitos. Nos encontramos, así pues, frente al llamado “capitalismo de vigilancia”, vale decir la mercantilización de datos personales, esto es, la transformación de la información personal en una mercancía sujeta a la compraventa con fines de lucro.
Así se transformó al usuario en producto, para lo cual Google inventó las herramientas para saber cada vez más de lo que el propio usuario sabe de él mismo, lo cual no sólo tiene relevancia comercial, sino, y en grado relevante, en los diversos aspectos de la política, incluido los procesos electorales y los vinculados a la vigilancia ciudadana. En este sentido, coinciden con la duda del profesor norteamericano Nathaniel Persily, quien ha escrito que “el gran reto de la democracia es ver si podrá resistir a la Internet”.
El destino de la internet en el mundo occidental esta determinado por Google (con todo el conglomerado bajo el mando de Alphabet, añaden los autores), al lado de las grandes empresas privadas (Facebook, Amazon, Apple y Microsoft). Juntas constituyen los actores que fijan el destino de la Sociedad Global del Conocimiento, por encima de los gobiernos, a diferencia de lo que ocurre en países como Rusia y China, que han creado empresas que rivalizan con las occidentales, a la vez que son parte de la estructura de vigilancia y control en sus respectivas sociedades. La pretensión de establecer reglas comunes para el ciberespacio mundial ha dado, hasta ahora, pocos resultados. La propia ONU ha fracasado en el propósito de lograr armonizar políticas e instituciones que reflejen la naturaleza transfronteriza de la Internet
En fin, se expone un muy buen análisis de lo que representan las plataformas digitales hoy en día y dibuja el contexto apropiado para ubicar algunos aspectos que, como dije antes, suelen generar menos atención. Quisiera aludir al menos a tres de ellos, obviamente relacionados entre sí.
En primer lugar el papel de la sociedad civil con respecto los aspectos distópicos, llamémoslo así, asociados al internet. En los comienzos se apostó a los aspectos beneficios en términos de su interactividad y del costo marginal para ser productor de contenidos de calidad. Frente a ello y, en general respecto a todos los temas que tuvieran que ver con la regulación de los usos de la Internet, la sociedad civil, explican los autores, se mostró displicente siendo mucho más permisiva y tolerante con los gobiernos que con las grandes empresas, tal como lo muestra el problema de la privacidad de las personas o el del espionaje político que puso en evidencia el caso de Cambridge Analytica que entre otras cosas puso en duda los procesos electorales en todas partes y junto a ello generó una gran desconfianza en el propio sistema democrático, a la par que sembró el debate acerca del capitalismo de vigilancia.
En segundo lugar, el descuido existente sobre actualización de la alfabetización digital, la cual no se entiende meramente, ni mucho menos, como la capacidad de tener un dominio técnico sobre el funcionamiento digital, sino, sobre todo, el dominio sobre sus repercusiones, la manera como contaminan los espacios públicos, introduciendo distorsiones generadas y permitiendo deformaciones y abusos como las derivadas de la manipulación de la información de los ciudadanos recogidas sin su consentimiento, tanto por las grande empresas privadas, como por los gobiernos. En este sentido, se considera que una cosa es saber usar las herramientas digitales y otra, muy distinta, contar con la capacidad de procesar la información y convertirla en conocimiento, lo que supone distinguir entre lo cierto y lo falso, la validación de las fuentes y la apreciación para identificar manipulaciones, todo en medio de referencias éticas que permitan que lo que esta ocurriendo es un proceso de cambios tecnológico radicales que están modificando los patrones desde las que se piensan la vida y la propia humanidad. Nada de esto forma parte de la educación de los jóvenes.
Y, por último, el texto plantea, como consecuencia de todo lo expuesto anteriormente, la necesidad de que la sociedad civil modifique sustancialmente su visión y su patrón de funcionamiento de cara a la sociedad global del conocimiento. En esa dirección propone que el planeta sea declarado en emergencia digital, en el mismo sentido y con la misma importancia como se ha planteado la emergencia del cambio climático. Se considera que son temas, cada uno a su manera, que revisten la misma envergadura y trascendencia para el destino de la humanidad.